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ANTONIO JIMÉNEZ O EL SUEÑO DE LA SOLEDAD
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Por Antonio Soler
En una fotografía, una fotografía de un ojo solo, tiene cara de Rembrandt. Tiene la mirada de Rembrandt en uno de sus últimos autorretratos. Ha visto la creación. Los cuadros han crecido delante de esa mirada. Él ha sido apenas un testigo, un médium o un ejecutor de lo que otros, no se sabe quién, le dictaban, más adentro del oído. Es el Antonio Jiménez de los abismos quien le habla al otro, al que todavía conserva un gesto, una cara, una imagen fugaz de niño avisado. Sabe que dentro de sí hay más de una voz. Sabe que un individuo es eso, una suma de voces. Y también sabe que artista es aquel capaz de acallar todas las voces para oír sólo una cuando se pone delante del lienzo, la madera o el papel.
Lo aprendió hace mucho tiempo, mirándose en el espejo de sus cuadros. No tuvo otra escuela. Antonio Jiménez es hijo de la intuición, por eso en él el misterio está más presente, se hace más real que en aquellos que vienen de los libros y las academias. Él es un niño de periferias y de playas que conoce el enredo de andamiaje de la razón en el instante en que los colores empiezan a mezclarse. Ahí se acaba y empieza todo. Ahí se pierden todas las lógicas y los argumentos. Por buscar explicaciones, hilos en el laberinto, dice que quizá lo suyo tenga algo que ver con aquel viejo marino que ejercía de cocinero en un pequeño barco de pesca, su padre. Hay algo mágico en la combinación de condimentos y colores, en la indagación del sabor y el color. Pero Antonio Jiménez, aquel niño al que el viejo cocinero quería lejos en esa singladura que ha sido el eje de su vida. Málaga, Madrid, París. Varias décadas pasadas delante de lienzos, maderas, arenas. Aquel que no iba a ser marinero ha navegado por mares mucho más remotos, no se sabe si a bordo de chalupa, transatlántico o buque de guerra. Lo lleva un navío invisible.
Ha dejado retratados no se sabe cuántos monstruos, ángeles, tiranos, selvas, animales, sueños, fantasmas, horrores y fragmentos de poesía. Y todos son él. El equipaje de su alma. Esa es su historia y ese es su autorretrato, lo mismo que el verdadero autorretrato de Rembrandt es la suma de todos sus autorretratos y de las lanzas, los pinceles, los sombreros y los rostros oscurecidos en la ronda nocturna, la del rey Baltasar, la de los retratos de esos comerciantes enriquecidos de los Países Bajos. El rostro del pintor es la suma de todos sus cuadros, de los miles de metros o kilómetros pintados. Jiménez dice que no sabe de dónde sacó el tiempo, dónde están los años necesarios para llevar a cabo tanto y en minucioso trabajo, cuando las pinceladas eran de milímetros. De su estudio, de las pilas inclinadas sobre la pared, de todos los lugares del mundo siguen apareciendo cuadros y él no sabe cómo pudo pintarlos o eso que ahora cuelga de baratijas o se amontona contra las paredes. Siempre venciendo la lógica, se hace esquiva la aritmética en su trato con la creación. Toda la tripulación estuvo al servicio de una voz, la de un sabio patrón, la de quien toma el mando cuando el pintor se impone sobre todas las personas que lo habitan.
Extraído del catálogo “Jiménez, 2001”.