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ANTONIO JIMÉNEZ O EL SUEÑO DE LA SOLEDAD

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¿Y si el soñar no fuera

más que una ingente acusación

contra los monstruos circundantes?

¿Dónde el hombre, dónde el artista? Y el hombre-artista estaba en su propia y pequeña muerte cotidiana y en ella convivía con su fiel soledad, alumbrando misterios palpados con esfuerzos, envuelto entre una flora personal y riquísima, muy ajena a Linneo y, sin embargo, tan cercana a todo cuanto le es dado contemplar. Entre rabia y sudor, entre visiones, sumido en la escasez, le nace, de su siempreviva llaga de rebelde en silencio, una fauna feliz y tan completa que es hoja el flagelo, ramillete la ameba voladora y el corazón rezuma un percebe híbrido y extraño.

Antonio Jiménez, un pintor sin escuela —y sin saberlo— inventó la pintura; todas las técnicas posibles —la suya es ya riquísima— fueron creadas de nuevo por quien nada sabía de ellas y aprendió el empaste, y descubrió las veladuras y en vez de soltar la bilis por la boca le salía por la mano y el pincel la recogía y se tornaba verde o roja o amarilla, y convertíase en flor, en encaje o en monstruo, que con todo le ha regalado la soledad… y al calor del silencio y la privación, como una ingente protesta contra todo, en el viejo caserón de la Trinidad, en un tiempo lunar lívido y frío, aflora un mundo nuevo, como si un Macondo andaluz se estuviera creando. Jiménez ha inventado sus propios mitos y él, que no sabría distinguir entre una fanerógama y una criptógama, ha sabido pintar todas las flores porque su propia soledad, el sueño de su corazón, le ha descubierto el mundo.

Extraído del catálogo “Jiménez. El sueño de la soledad”.

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